La alta sensibilidad: un antes y un después 

Durante muchos años hemos hablado de las personas altamente sensibles poniendo el foco, sobre todo, en sus inconvenientes y no tanto en sus ventajas: la sobreestimulación, el cansancio, la dificultad para soportar determinados ambientes, el estrés, la ansiedad, la necesidad de retirarnos o esa sensación tantas veces repetida de que el mundo va demasiado deprisa para nosotros. Quedaba todo sobre un trasfondo más bien negativo.

Al no conocerse bien este rasgo, se caía fácilmente en esa negatividad, dado que algunos comportamientos de las PAS podían considerarse no normativos, poco ideales o competitivos, con el consiguiente riesgo de psicopatologización, tanto a nivel popular como profesional. Además, la ciencia tampoco ayudaba demasiado: estábamos en un terreno pantanoso, considerado incluso pseudocientífico. Sin embargo, era lógico. Era lo que conocíamos y también lo que necesitábamos investigar para demostrar científicamente —hasta donde se podía demostrar— que detrás de aquellas experiencias y observaciones había un rasgo real y no simplemente personas “demasiado sensibles”.

Actualmente, los estudios se acumulan, la información crece y el conocimiento cambia. Lo que se está descubriendo, o verificando, empieza a modificar de manera importante aquella primera imagen —y la realidad— de las PAS. Hay, por consiguiente, un antes y un después, y este después sigue creciendo, para bien. Las PAS seguimos siendo más vulnerables en determinadas circunstancias, naturalmente, pero ahora sabemos que esa es solamente una parte de la historia. La misma sensibilidad que puede hacernos sufrir más ante un entorno adverso también puede permitirnos beneficiarnos especialmente de uno favorable. No se trata de convertir la alta sensibilidad en un “superpoder”, porque sería caer en otra simplificación, sino de comprender algo más interesante: la sensibilidad no tiene por qué seguir significando vulnerabilidad.

Una sensibilidad que funciona en ambas direcciones

Una de las ideas que más ha contribuido a este cambio es la denominada susceptibilidad diferencial. Los trabajos de Jay Belsky, Michael Pluess y otros investigadores llevan años mostrando que algunas personas son especialmente sensibles a las influencias ambientales, negativas y positivas. Un ambiente hostil, una crianza excesivamente autoritaria, el rechazo o una situación prolongada de estrés pueden dejar una huella especialmente profunda en una PAS; pero la comprensión, la seguridad, el afecto y unas experiencias enriquecedoras también pueden favorecer especialmente su desarrollo. Esto permite plantearnos algo importante: quizá durante demasiado tiempo hemos confundido la sensibilidad con las heridas que esa sensibilidad había recibido.

Como psicólogo, esta cuestión me parece especialmente relevante. Dos personas pueden compartir el mismo rasgo y llegar a la edad adulta de maneras completamente diferentes: una puede mostrarse ansiosa, hipervigilante, insegura o fácilmente desbordada, mientras otra puede ser serena, creativa, intuitiva, empática y estar perfectamente adaptada. Las dos pueden ser PAS; lo que no ha sido igual es su historia, ni tampoco la manera en que pueden reaprender a vivir cuando conocen las verdaderas causas de algunas de sus “rarezas”.

La investigación empieza incluso a relacionar esta interacción con factores genéticos.

Un estudio reciente con 638 adolescentes gemelos, encontró que una mayor sensibilidad genética se asociaba con un peor funcionamiento psicológico cuando habían existido experiencias infantiles adversas, pero también con una mejor adaptación y un afrontamiento social más favorable cuando las experiencias habían sido positivas.

Ello nos lleva a otro concepto interesante: la plasticidad. Una revisión neurobiológica publicada en 2024 plantea que las diferencias individuales en sensibilidad ambiental podrían relacionarse con mecanismos de plasticidad cerebral y una mayor receptividad del sistema nervioso a la experiencia. No podemos afirmar que las PAS tengamos “un cerebro más plástico”, pero la hipótesis abre otra manera de interpretar nuestro rasgo: quizá seamos también más moldeables por determinadas experiencias, para mal y para bien.

Personalmente, iría incluso un poco más allá, aunque aquí ya no hablo de algo demostrado. Me resulta sugerente pensar en el cerebro no solamente como una caja cerrada que procesa información interna, sino como un sistema extraordinariamente receptivo a la enorme cantidad de información que nos rodea, casi como un módem capaz de sintonizar, recibir y emitir. Es una hipótesis abierta, naturalmente, pero precisamente ahí pueden encontrarse algunas posibilidades interesantes para futuras investigaciones.

Volviendo a la infancia, una historia difícil importa, pero no necesariamente determina el futuro. Una relación sana, un cambio de ambiente, el autoconocimiento o una psicoterapia adecuada pueden convertirse posteriormente en experiencias reparadoras. La sensibilidad que contribuyó a que algo nos hiciera más daño puede ser también la que facilite nuestro cambio.
No solamente sentimos más

Otro error frecuente ha sido identificar la alta sensibilidad con una mayor intensidad emocional. Ser PAS no significa simplemente llorar más, sufrir más o molestarse más con el ruido. Elaine Aron ha considerado desde sus primeros trabajos que uno de los elementos fundamentales de la alta sensibilidad es la profundidad de procesamiento, y las investigaciones neurofisiológicas o centradas en la percepción empiezan a aportar datos interesantes: diferencias relacionadas con la detección de cambios sensoriales sutiles, la organización perceptiva de los sonidos y determinados patrones de actividad cerebral. Debemos ser prudentes, pero todo apunta a algo bastante más complejo que simplemente “sentir más”.

Incluso el llanto, que culturalmente tantas veces se ha asociado con debilidad, no tiene por qué entenderse como algo negativo. Es una forma natural de expresión y regulación emocional que puede producir desahogo y calma. Otra cosa es un llanto excesivamente frecuente, persistente y asociado a un malestar que no mejora; pero llorar, por sí mismo, no convierte a nadie en más débil.

Muchas PAS conocemos bien esa experiencia de profundidad. No necesariamente vemos o escuchamos mejor, pero observamos detalles, relacionamos informaciones, percibimos cambios, interpretamos gestos o tonos de voz y continuamos procesando una experiencia cuando otras personas quizá ya han pasado a otra cosa. Eso consume recursos y puede favorecer la sobreestimulación, pero aquello que puede saturarnos puede ser también lo que nos permita comprender con mayor profundidad.

La propia manera de medir la alta sensibilidad refleja esta evolución. La escala original de Elaine Aron fue imprescindible para iniciar la investigación científica, aunque muchas de sus preguntas estaban relacionadas con las dificultades de este rasgo, algo comprensible porque las personas inicialmente entrevistadas hablaban sobre todo de aquello que les ocasionaba problemas. Pero si preguntamos principalmente por problemas, inevitablemente obtendremos una imagen problemática.

La nueva HSP-R, desarrollada por Aron, Pluess y colaboradores y publicada en 2026, consta de 18 ítems agrupados en seis dimensiones: sensibilidad a los detalles, profundidad de procesamiento, sensibilidad social, sensibilidad a experiencias positivas, reactividad emocional y sobreestimulación. Que aparezca expresamente la sensibilidad a las experiencias positivas me parece significativo: no es solamente una modificación técnica, sino un reflejo del cambio en nuestra comprensión de las PAS. Ya no se investiga únicamente cuánto nos afecta aquello que nos perjudica, sino también cómo respondemos a aquello que nos beneficia.

Las PAS que quizá nunca parecieron PAS

Todo esto plantea una posibilidad interesante: ¿y si durante años hemos identificado mejor a las PAS que tenían problemas que a las que estaban bien? Una persona ansiosa, sobreestimulada o desbordada llama la atención y busca ayuda. En cambio, una PAS que tuvo una infancia suficientemente buena, aprendió a regularse, encontró ambientes adecuados y desarrolló sus capacidades, quizá simplemente fue considerada reflexiva, responsable, intuitiva, creativa o empática, sin que nadie pensara que era altamente sensible.

Aron y Francesca Lionetti han señalado recientemente algunas fuentes de confusión que han dificultado reconocer el rasgo, como su asociación excesiva con la introversión o determinados estereotipos que pueden haber hecho especialmente invisibles a muchos hombres sensibles. Quizá haya muchas más PAS bien adaptadas de las que creemos.

Otra línea reciente resulta igualmente sugerente. Huang y Pluess han descrito, entre otros, patrones denominados vigilant sensitivity y vantage sensitivity. Simplificando mucho, algunas personas parecen orientar especialmente su sensibilidad hacia las amenazas, mientras otras muestran mayor receptividad hacia experiencias beneficiosas. No creo que debamos apresurarnos a crear nuevos tipos o etiquetas, pero la idea merece reflexión. Dos personas pueden ser altamente sensibles y utilizar esa sensibilidad de maneras diferentes: una puede estar permanentemente atenta al peligro y otra percibir con mayor facilidad posibilidades, seguridad, afecto o belleza. Quizá parte del trabajo psicológico consista en conseguir que una sensibilidad que lleva años funcionando en modo vigilancia amplíe su mirada hacia aquello que también puede beneficiarla.

Naturalmente, tampoco debemos caer en una idealización. No todos los estudios encuentran ventajas cuando el ambiente es favorable. Una investigación reciente con mujeres embarazadas, por ejemplo, encontró mayor vulnerabilidad ante acontecimientos vitales estresantes en aquellas con sensibilidad elevada, pero no un beneficio equivalente ante circunstancias positivas. La susceptibilidad diferencial no significa que las PAS siempre obtengamos mejores resultados cuando las cosas van bien, sino que existe evidencia creciente de una mayor respuesta a las influencias del ambiente, cuya expresión depende de numerosos factores.

Saber que eres PAS no es suficiente

Como en tantas situaciones de la vida, la acción nos define. Si sabemos algo, debemos actuar en consecuencia, aunque sea mínimamente. Aquí es donde toda esta investigación conecta con lo que observo profesionalmente. Descubrir que uno es PAS suele proporcionar alivio y permite comprender muchas cosas de nuestra historia, pero saberlo es solamente el principio. Después hay que aprender a vivir con ello: conocer nuestros límites, regular la sobreestimulación, distinguir intuición de miedo, poner límites, escoger mejor determinados ambientes, revisar nuestra historia, cuidar el cuerpo y el descanso y utilizar nuestra capacidad de reflexión sin convertirla en rumiación.

Quizá esta sea una de las aportaciones más importantes de los conocimientos actuales: el resultado de nuestra sensibilidad no está completamente escrito de antemano. La genética, la infancia y el ambiente importan, naturalmente, pero también las experiencias posteriores, las relaciones, el aprendizaje, el autoconocimiento y lo que hacemos con aquello que somos.

La ciencia no está negando lo que anteriormente sabía sobre la alta sensibilidad, sino haciendo lo que debe hacer: observar, revisar, corregir y ampliar. Seguimos sabiendo que podemos sobreestimularnos y sufrir especialmente en determinadas circunstancias, pero empezamos a conocer mucho mejor la otra cara: nuestra receptividad hacia aquello que nos ayuda a crecer.

No somos personas frágiles que debamos protegernos permanentemente del mundo, ni seres excepcionales dotados de capacidades superiores. Somos personas especialmente sensibles a él, y eso significa que puede hacernos daño, pero también que podemos aprender mucho, beneficiarnos de aquello que nos hace bien y desarrollar capacidades que quizá nunca habríamos descubierto si solamente hubiéramos mirado nuestra sensibilidad desde el miedo. Durante años nos hemos preguntado cuánto nos afecta ser PAS; quizá haya llegado el momento de preguntarnos también qué podemos llegar a hacer con ello.

En psicología y coaching se suele decir que nuestros límites los ponemos nosotros mismos y que podemos derribarlos. Yo añadiría algo más sencillo: quizá no tengamos que pensar tanto en los límites, sino seguir aprendiendo, conociéndonos y avanzando… y lo que tenga que ser, será.

Referencias

  • Aron, E. N., & Lionetti, F. (2026). Six reasons for confusion about the trait of high sensitivity. Current Psychology, 45(1), Article 95.
  • Belsky, J., & Pluess, M. (2009). Beyond diathesis stress: Differential susceptibility to environmental influences. Psychological Bulletin, 135(6), 885–908.
  • Greven, C. U., Lionetti, F., Booth, C., Aron, E. N., Fox, E., Schendan, H. E., Pluess, M., Bruining, H., Acevedo, B., Bijttebier, P., & Homberg, J. (2019). Sensory processing sensitivity in the context of environmental sensitivity: A critical review and development of research agenda. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 98, 287–305.
  • Homberg, J. R., Brivio, P., Greven, C. U., & Calabrese, F. (2024). Individuals being high in their sensitivity to the environment: Are sensitive period changes in play? Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 159, Article 105605.
  • Huang, Y., Liu, J., & Pluess, M. (2026). The relationship between different sensitivity types and coping behaviour: A cross-cultural study. Journal of Research in Personality, 122, Article 104722.
  • Pluess, M., Aron, E. N., Kähkönen, J. E., Lionetti, F., Huang, Y., Tillman, T., Greven, C. U., & Aron, A. (2026). Evolution of the concept of sensory processing sensitivity and its measurement: The Highly Sensitive Person Scale–Revised. Personality and Individual Differences, 257, Article 113782.

Jose Mª Guillén Lladó

Psicólogo General Sanitario especialista en alta sensibilidad

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