La historia del arte tiene una forma muy reveladora de mostrarnos cómo evoluciona la mente humana. Muchos grandes pintores empezaron su carrera dominando la técnica con un realismo impecable. Con el tiempo, sin embargo, dejaban atrás ese preciosismo para entrar en territorios más libres, más intuitivos, más personales.
Para algunos espectadores, aquellas obras tardías parecían casi infantiles; para ellos, en cambio, eran el resultado de una madurez interior. Ya no necesitaban demostrar nada.
Ya no pintaban para encajar, sino para expresar. Esa evolución —del rigor técnico a la autenticidad profunda— también ocurre en la ciencia, aunque a veces nos cueste verlo. Durante buena parte del siglo XX, lo que no podía explicarse simplemente no existía. Sin embargo, hoy disciplinas como la física cuántica, la neurociencia o la epigenética están abriendo caminos donde antes solo había muros conceptuales. Lo que antes se consideraba imposible, hoy empieza a tener explicación.
Algo parecido sucede con el estudio de las Personas Altamente Sensibles (PAS). El recorrido del concepto ha sido, en cierto modo, paralelo: nace dentro de un marco científico riguroso y, con los años, se abre de manera natural hacia un horizonte más amplio, que integra también la espiritualidad y el sentido profundo de la experiencia humana.
Como psicólogo y como PAS, he vivido esa evolución desde dentro.
De la investigación inicial a la comprensión integral
Cuando Elaine Aron inició su investigación en los años 90, lo hizo desde una perspectiva estrictamente científica. Su objetivo era demostrar que existía un rasgo de personalidad vinculado a la sensibilidad del procesamiento sensorial, y para ello, necesitaba construir instrumentos fiables, contrastables y válidos. De hecho, gran parte de los primeros estudios se centraron en lo más visible: la sobreestimulación, la incomodidad en entornos ruidosos, la facilidad para saturarse socialmente. Era comprensible: las PAS solíamos consultar por nuestras dificultades, no por nuestras fortalezas.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la visión de este rasgo se ha ampliado. La investigación ha crecido de manera impresionante —con nombres como Acevedo, Pluess, Lionetti o Kimura— y hoy sabemos que la alta sensibilidad no es solo una mayor reactividad. También implica una profundidad de procesamiento, una capacidad intuitiva notable, una empatía intensa y una percepción muy fina de lo sutil.
Pero hubo un desafío metodológico que marcó un antes y un después. Las primeras medidas del rasgo tendían a resaltar más los aspectos negativos que los positivos.
Esto hacía que las PAS apareciéramos definidas casi exclusivamente por nuestras vulnerabilidades. Con el tiempo, los análisis estadísticos mostraron que la estructura interna de aquellas pruebas no reflejaba del todo la complejidad real del rasgo, sino que agrupaba respuestas en función del tipo de pregunta, no de la vivencia profunda de la sensibilidad.
De ahí la necesidad de una nueva medida más equilibrada, la HSP-R, que Aron y Pluess publicaron recientemente. Esta escala integra tanto los aspectos delicados como los potenciales del rasgo y ofrece una visión más fiel de la alta sensibilidad. Un paso natural tras casi tres décadas de investigación.
La importancia de la infancia y el entorno
Una de las evidencias más potentes en la literatura científica actual, y que considero esencial en la práctica clínica, es la teoría de la susceptibilidad diferencial. Este modelo, respaldado por numerosos estudios longitudinales, indica que las PAS no solo reaccionamos más intensamente a las dificultades, sino también —y esto es fundamental— a las experiencias positivas.
Es decir: necesitamos una infancia emocionalmente segura, sensible y estable para desarrollar todo nuestro potencial. Cuando la crianza es buena, las PAS solemos florecer más que otros perfiles. Cuando no lo es, el impacto también puede ser mayor.
En mi consulta veo esta realidad constantemente y, siendo PAS, también la reconozco en mí. No es una debilidad: es una estructura neuroemocional fina, permeable y profundamente viva.
Más allá de la psicología convencional
La psicoterapia cognitivo-conductual es, hoy por hoy, el enfoque más aceptado por su evidencia y utilidad clínica. Sin embargo, cuando trabajamos con personas altamente sensibles, hay una parte de la experiencia que queda fuera de ese marco. Las PAS necesitamos comprender no solo nuestra conducta y nuestros pensamientos, sino también nuestra emoción, nuestra intuición, nuestro cuerpo y nuestro sentido profundo de identidad.
Muchos de los malestares que vemos en consulta —ansiedad, depresión, agotamiento emocional, somatización— no son enfermedades en sí mismas, sino la expresión de una desconexión interna o de una manera de vivir que no encaja con nuestra sensibilidad natural. En otras palabras: sufrimos cuando no sabemos quiénes somos o cuando tratamos de funcionar como si no lo fuéramos.
Por eso, para muchas PAS, el coaching sensitivo y los enfoques de autoconocimiento funcionan mejor que los modelos centrados únicamente en el síntoma. No se trata de corregir un déficit, sino de reconocer un rasgo y aprender a vivirlo con plenitud.
La dimensión espiritual: una búsqueda natural en las PAS
A medida que el marco científico se ha ido consolidando, ha surgido de manera orgánica un interés creciente por la dimensión espiritual de este rasgo. Elaine Aron aborda este tema en el libro que está a punto de publicar, y no es una casualidad ni un adorno literario. Es una constatación.
Numerosos estudios sugieren que las personas con alta sensibilidad tendemos a hacer más preguntas de fondo sobre la vida, la muerte, el propósito, el sufrimiento, la moralidad o el misterio de la conciencia y, en mi experiencia clínica, esta tendencia es clarísima.
Las PAS somos propensas a buscar coherencia interna. No nos basta con sobrevivir: queremos comprender. Esa búsqueda no tiene nada que ver con religiones institucionalizadas. Hablamos más bien de espiritualidad en su sentido esencial: conexión, significado, interioridad, trascendencia. Una forma de atención profunda que nos permite integrar lo que sentimos con lo que somos.

Foto: Freepik
Un trabajo interesante que Aron cita es el de Rappaport y Corbally (2018), quienes proponen que la alta sensibilidad pudo haber desempeñado un papel en los orígenes de la espiritualidad y de la vida religiosa. Su argumento es sencillo: las personas que perciben más profundamente, que sienten más la compasión y que reflexionan sobre la existencia, habrían sido las primeras en intentar dar sentido a la condición humana. Es una teoría, no una verdad absoluta, pero encaja con lo que vemos hoy en las PAS.
La psicología transpersonal como integración necesaria
Aquí aparece un punto crucial. La psicología transpersonal —nacida de la unión entre la psicología occidental y la sabiduría filosófica y espiritual de Oriente— ofrece un marco extraordinariamente adecuado para comprender la sensibilidad profunda. No porque hable de misticismo, sino porque reconoce que el ser humano tiene capas de experiencia que van más allá del pensamiento racional. Capas que también son legítimas, reales y transformadoras.
Para muchas PAS, este enfoque no solo resulta natural, sino necesario. Permite integrar emoción, cuerpo, identidad, propósito y espiritualidad en un solo proceso de autoconocimiento, no como algo “alternativo”, sino como algo profundamente humano.
En mi práctica, acompañar a una PAS desde esta perspectiva suele ser más eficaz, más respetuoso y más transformador que limitarse únicamente a corregir síntomas. Porque la alta sensibilidad no es un trastorno ni una etiqueta: es una manera de estar en el mundo.
Cuando entendemos la alta sensibilidad en toda su amplitud —ciencia, emoción y espíritu— se abre ante nosotros la verdadera posibilidad de vivirla en plenitud. Es hora ya de empezar a vivir desde nuestra propia verdad.
Jose Mª Guillén Lladó
Psicólogo General Sanitario especialista en alta sensibilidad Web:


















