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Newsletter Elaine Aron octubre 2020, un fragmento

Os presentamos esta traducción de la parte principal del Newsletter de la dra. Elaine, un fragmento de un nuevo libro que salió al mercado. Es un libro especialmente interesante para varones con el rasgo de la alta sensibilidad. Por el momento este libro no está traducido al castellano, pero viene especialmente recomendado para aquellos varones que manejan el inglés. Os acordamos del hecho del que el año 2020 fue denominado ‘el año de hombre altamente sensible’, celebrado con varios eventos presenciales (a pesar del Covid) y con videos, como el reportaje de Will Harper sobre el congreso para hombres AS. 

La APASE agradece a Nicolás López la traducción del siguiente fragmento:

Fragmento de Confesiones de un hombre altamente sensible, de Bill Allen. Capítulo 3: Ser diferente al crecer

15 de octubre de 2020, Por Elaine

 

Autor: Bill Allen

 

Callado y solitario

Yo era un niño tímido e introvertido. Uno de mis primeros recuerdos es de cuando tenía unos cuatro años. Mis padres habían cambiado de iglesia y puedo recordar claramente el primer domingo que fuimos a la nueva parroquia. Me llevaron a una sala bastante grande y dividida en zonas. Mi madre y mi padre sabían que yo no iba a entrar sin más en ese extraño lugar. Tan pronto vi que me iban a dejar con absolutos extraños me eché a llorar. Recuerdo que gritaba y pataleaba. Me sentí abandonado cuando vi a mis padres salir de la sala y desaparecer por el vestíbulo.

En algún momento me calmé. A decir verdad los profesores de la escuela dominical eran buena gente, pero no me sentía a gusto. Sé que no quería estar allí. Habrá quienes digan que fue una buena lección para mí. Tenía que dejar que mis padres se fuesen a hacer actividades de mayores, como ir a la clase de la escuela dominical para adultos, pero no estaba acostumbrado a estar fuera de mi elemento. Fue un proceso que experimenté una y otra vez los primeros diez años de mi vida.

 

Mi habitación y mis libros, una solución para el cambiante mundo exterior

Nos mudamos varias veces en mis años jóvenes. Probablemente no tanto como una familia militar, pero para mí fue suficiente. Trasladarnos fue duro; básicamente significaba que tenía que volver a empezar una vez más. No solo hacer nuevos amigos sino redescubrir mis nuevos puntos de referencia, encontrar la nueva zona de confort. No fue ese un proceso fácil para mí: yo estaba muy sensibilizado con mi entorno. Para sentirme cómodo tenía que saber quiénes eran amigos, quiénes enemigos y a quiénes tenía que vigilar. A los nueve años ya me había mudado cuatro veces, cada una de ellas tan difícil como la anterior. Cambié de escuela cuatro veces antes del cuarto curso, en algunos casos saltando de un Estado a otro distinto. Desde luego que en los años sesenta casi nunca hubo continuidad en los sistemas educativos. Me encontraba en el sur, pasando en un momento de un Estado último en educación a otro apenas dos niveles por encima…

Nunca me consideré un estudioso. No me interesaba leer historias de misterio de los Hardy Boys o libros para lectores de ficción para jóvenes; era entusiasta de una información más práctica. En 1964 mis padres invirtieron en una colección de la World Book Encyclopedia que para mí fue un regalo increíble: tenía ilustraciones y gráficos, listas y artículos que nunca antes había visto. La devoré de principio a fin, libro a libro, de la A a la Z. Pasé horas con cada uno de sus volúmenes leyendo de todo, en todas partes, aprendiendo cosas de las que nunca había oído hablar en la escuela. Era la versión 0.1 de internet y me encantó. Fue entonces, a esa tierna edad, cuando me convertí en un friki de la información…

Mi habitación era mi castillo, mi refugio, mi santuario. Pasé muchas horas jugando con soldados de juguete, soldados de plástico baratos de las tiendas K-Mart. No jugué con ellos como un chico normal, qué va; creé escenas de una película con diálogo y acción, y al final ninguno moría. No disparé a mis soldados con pistolas de balines, ni les tiré piedras para derribarlos. Ninguno saltó por los aires nunca, pero en mi cabeza había una seria orquestación de esos actores de plástico en un escenario de montañas formadas con literas, campos de batalla hechos con alfombras, búnkeres detrás de mesas o sillas, y lagos y ríos hechos con tapetes. A veces tardaba horas en preparar el escenario, los largos convoyes de tropas, tanques y jeeps. Todo eso estaba en mi cabeza. Había un rico mundo de posibilidades en mi mente.

 

Cómo evitar la humillación: convertirme en un impostor

A medida que fui creciendo, cerca ya del quinto o sexto curso, descubrí con qué facilidad me sentía avergonzado. Para mi desgracia, los chicos de clase también se dieron cuenta. Podían hacer que me pusiera rojo como un tomate con tan solo dirigir hacia mí un poco de atención no deseada. Algún chico se tiraba un pedo y después me señalaba, reprendiéndome por la grosera falta de educación. No había sido yo, pero al sentir vergüenza me ponía colorado. A la edad de once años, sonrojarse equivale a reconocer la culpa.

Desarrollé un patrón de conductas de evitación. Según me iba haciendo mayor evité las interacciones sociales, las fiestas de cumpleaños mixtas, las fiestas con piscina, las ocasiones de sentir mucha vergüenza o, tal como yo lo percibía, la humillación. Me vi evitando toda oportunidad de estar en público entre compañeros o adultos o, para ser sincero, de estar con cualquier persona. Rehuí la Little League porque cada partido era un lugar de reunión para padres y espectadores fanáticos que se retaban y que siempre se hacían de un equipo. Yo no era muy bueno jugando al béisbol, así que había muchas posibilidades de que fuera humillado.

Suena exagerado, pero para mí la humillación era algo que debía evitar a toda costa. El ego de mi débil jovenzuelo no estaba hecho para manejar la avalancha de críticas o burlas que conllevaba el meter la pata. Fue triste que mis ideas sobre mí y mi autoimagen dependieran tanto de mi mundo interior. Nunca hubo una confirmación externa porque el único lugar al que podía llegar era el mundo exterior. Y desgraciadamente no hubo nadie que me empujara con amabilidad a tantear el terreno. Eso hizo que se consolidara de por vida un hábito de evitación que estoy aprendiendo a superar.

Desde los líderes de los Boy Scout hasta los sacerdotes o entrenadores, pasando por cualquier miembro varón adulto de la familia, fui socializado para aceptar la norma dominante para el rol de comportamiento masculino, que en pocas palabras es ser un hombre de los años 60, definición de la II Guerra Mundial; amoldarse o ser rechazado. En esta elección binaria no había lugar para niños que no encajaran en ese modelo.

Sentí que vivía la vida de un impostor. Hubo mucha incongruencia entre quién era yo y lo que mostré al mundo.

 

Por otra parte…

Entre mis amigos, los chicos del vecindario, me sentía mucho más seguro. Esas interacciones fueron más de uno a uno y elegí cuidadosamente a mis amistades. Cuando mi familia se estableció en el vecindario de Carolina del Sur, donde me crié, logré un nuevo sentido de confianza en mí mismo. Descubrí que era un organizador y líder natural.

Nuestro barrio era de una apariencia casi sacada de The Little Rascals.[1] Organizamos partidos de béisbol, fútbol y baloncesto con otros barrios. Me vi siendo el que todos buscaban para saber qué estaba pasando. Construimos campamentos en el bosque, organizamos acampadas con los niños vecinos y en general pasamos veranos idílicos. Fui el que se encargaba de la organización y me gustó ese cometido.

En una ocasión decidí crear un boletín informativo del barrio y recibí una máquina de escribir para estudiantes con la que escribí historias. La madre de mi vecino de al lado era profesora de escuela e hizo copias deese boletín, para que pudiéramos distribuirlo.

 

 

Sí, en las circunstancias adecuadas y con un cierto nivel de comodidad yo podía llegar fácilmente a lo más alto. Era un chico simpático, inteligente y creía en el concepto de equipo, pero apreciaba a mis amigos como individuos. Me organizaba bien y era un buen planificador para el vecindario. Nunca fui consciente de que esas características eran talentos naturales; es solo que nunca recibí el feedback adecuado.

En las obras de teatro escolares siempre me elegían para ser el narrador, por lo general el primer muchacho en salir disfrazado, recitando nervioso mi parte, pero sin errores. Si el disfraz era ridículo yo era el primero en reír, lo cual por supuesto me resultaba embarazoso. Un año representamos una obra sobre George Washington y los padres fundadores de los Estados Unidos de América. Caminé frente al telón para empezar el espectáculo, con una rápida narración sobre el tema, luciendo una peluca hecha con bolas de algodón que cuando empezó la obra comenzó a desintegrarse. Era alto y delgado y debí de parecer ridículo, porque el público estalló en carcajadas cuando me acerqué al centro del escenario. Sin embargo me las arreglé para narrar mi texto y salir con la cara colorada pero aliviado. Se notaba mi buena memoria y mi escrupulosidad. Quizá era por eso por lo que cada año me tocaba hacer lo mismo.

Lo que aprendí fue lo que no aprendí. No aprendí a tener confianza en mí mismo ni en quien me estaba convirtiendo. Nunca aprendí a tratar con mis emociones intensas, a dejar que fluyeran sobre mí, a sumergirme y liberarlas, y no aferrarme a ellas. Luché internamente con aquellos sentimientos y nunca sentí la orientación de un hombre mayor y más sabio. No había nadie que me guiara a través del difícil proceso de expresar mis emociones, mis miedos y mis constantes preocupaciones sobre el mundo exterior…

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[1]The Little Rascals(los pequeños granujas) es una película estadounidense de 1994 sobre las aventuras de un grupo de niños de barrio. Es adaptación de la serie de cortometrajes Our Gang,de 1920, 1930 y 1940, serie que más tarde se transmitió en televisión como The Little Rascals. En Hispanoamérica ese film se tituló La pandilla: los pequeños traviesos o Los pequeños bribones; en España, Una pandilla de pillos). Fuente: Wikipedia. (N. del T.)